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martes, 6 de marzo de 2018

Yo ya lo tengo decidido, pero conste que, estuve dudando durante semanas. Entre una pareja bailando bachata y la fotografía de una rosa negra, como portada para mi próxima novela. Claro que hablamos de bachatas en la misma, pero también lo hacemos de rosas negras.
Quizás, en un principio, me decantara por la primera de ellas, pero a medida que iba escribiendo, «me lo pedía el cuerpo» necesitaba más poner la segunda. Ahí estamos, una de las dos, aparecerá como portada de esta novela erótica que estoy escribiendo, de la que me permitirán ustedes no ponga el título, ni nada más, respecto de ella, hasta que esté terminada y registrada.

jueves, 15 de febrero de 2018


Representación de la diosa Kali
LA TIERRA DONDE HAS DE MORIR
Libro VI de la Leyenda de Jhuno
Epílogo: La diosa negra
—Vale, anda ahora explícame, ¡seguro lo tienes preparado!, todo lo que sepas sobre esa tal Kali, a ver si sacamos algo en claro.
—No estaría yo muy seguro, quizás te confunda todavía más todo este asunto.
—¿Tú ya lo tienes claro? —le preguntaba Savannah a William que lo veía muy crecidito con tanta explicación—.
—Tengo una teoría, pero cuando te la explique, seguro que vas a alucinar. Antes de nada, quiero contarte una cosa, de Allan Watts, Om: La silaba sagrada. «Hay un viejo cuento sobre un astronauta que viajó al espacio y, a su regreso, le preguntaron si había estado en el cielo y había visto a Dios.
respondió.
 ¿Y cómo es Dios?
Es negra».
—Lo sabía, te estás regodeando de nosotras William, déjate de tonterías y ve al grano, por favor.
— Dentro de la religión hinduista o hinduismo, —comenzó a explicar William—, Kali es una de las diosas principales, es, por así decirlo, como la shakti o energía del dios masculino Shiva o Shivá, y es considerada como una de sus consortes. Esta deidad nació cuando Shivá miró dentro de sí mismo, fruto de su ira, es considerada su reflejo, la divina energía primordial. Kali se llenó de crueldad, yendo a destruir a los demonios asuras. La religión hinduista que adora a la diosa Kali se llama shaktismo. En general, los hinduistas de cualquier especie, independientemente de la deidad que adoren de manera particular, la consideran la Madre universal. Kali representa el aspecto destructor de la divinidad, es destructora de la maldad y de los demonios. Es, por tanto, la diosa madre hindú asociada con la destrucción. Es la diosa de la muerte. Su historia temprana como criatura de la aniquilación todavía tiene cierta influencia, mientras que las creencias tántricas más complejas amplían a veces su papel, ubicándola como la «realidad última» y la «fuente del ser». El movimiento piadoso reciente concibe a Kali como la benévola diosa madre. Kali se asocia a muchas devis (diosas) así como el dios Shiva. Es la santa patrona de la ciudad india de Calcuta, en Bengala. Su templo principal es el Kalighat, lugar donde todavía se realizan sacrificios de animales en su honor.
—Además, te voy a decir una cosa que seguramente te gustara saber —comenzó a decir William, un tanto sonriente—, no sé si sabrás que se denomina vájana al vehículo de un dios, pues en el caso de Kali, su vájana es un tigre. Pero es curioso, su nombre parece ser una versión femenina de la palabra sánscrita kāla (que significa oscuridad); también significa «mujer negra». Las diosas con las que ella es asociada o identificada incluyen a: Durga, Parvati, Uma, Jimavati, Bhayani o Bhowani, Satí, Chinnamasta, Chamunda, Kamakshi, Menalshi y Kumari.
—Ya veremos donde acaban todas estas explicaciones que, nos está dando William—decía Kateryna, sin poder aguantarse la risa, mientras miraba a la incrédula Savannah que no acertaba a comprender el comentario de la ucraniana—. Quizás, te sorprenda al final, cuando menos te des cuenta.

Santo Lenho de Vera Cruz de Marmelar
LA TIERRA DONDE HAS DE MORIR
Libro VI de la Leyenda de Jhuno
Capítulo XXII: Las huellas del Salado
Después de la batalla, todo era un caos, o al menos eso le pareció a Harek. Muchos de los vencedores se habían desentendido de todo menos del pillaje del botín de los campamentos benimerín y nazarí. Cada combatiente vencedor se quería llevar lo mejor que pudiera encontrar y cargar, incluso algunos procedieron a alejarse del lugar con sus tesoros que, a veces no eran más que espadas, o armaduras de los vencidos, otros, sin embargo, se ocuparon del oro y joyas diversas que encontraron en las tiendas de los reyes moros. Mujeres e hijos de aquellos fueron muertos. Si hubo violaciones. El ejército cristiano, pese a ser eso, cristiano, en su mayoría, en aquellos momentos no se acordaban de su Dios, aquel al que horas antes del combate rezaban para que les diera la victoria. La guerra era así de cruel.

Harek no se sumó a ese pillaje, permaneció deambulando por el campo de batalla, ya a pie, relajándose de su dolor de brazos que, poco a poco iba recuperando. No había participado en la batalla como arquero, aquello y su edad, sumado a su inexperiencia en combate con la espada le estaban pasando factura. En aquel mismo instante, se juró para sus adentros una cosa: «No volvería a participar en batalla alguna, sino lo hacía como arquero del rey».

Cuando se sosegó, dio en pensar que la promesa hecha a su amada, por la que se había desplazado hasta Sevilla, le impedía volver, tenía que poner tierra por medio, no podía dejar verse por el rey de Castilla. Pero ¿A dónde ir? Harek estaba sumido en sus pensamientos cuando los prisioneros nazaríes eran conducidos hacia el sur. Los encargados de enterrar a los cadáveres de los combatientes del ejército castellano comenzaron a aparecer en el campo de batalla, él ya, no hacía nada allí. La compañía concejil con la que había venido estaba deshecha, algunos de sus miembros muertos en combate, el rey de Portugal hacía llamamientos para congregar a sus súbditos torno a él. El ejército se estaba recomponiendo. Si se tenía que ir, aquel era el momento, pensó.

Lentamente, subió a su caballo y poco a poco emprendió viaje, hacia el norte, sin prisas, ya decidiría más tarde si volver a Ciudad Rodrigo o no. Harek no era consciente de que había participado en una de las batallas más importantes que la cristiandad tuvo con los muslimes, una batalla de resultado incierto, en un principio, pero que, ganada por los castellanos, tuvo importantes consecuencias

El ejercito mongol en marcha
LA TIERRA DONDE HAS DE MORIR
Libro VI de la Leyenda de Jhuno
Capítulo XXI: Los jinetes de la muerte
Un atardecer, Jhuno, pudo observar que el cielo se tenía de rojo, en un principio se acordó de aquellas palabras de su amada que le había advertido que su muerte ocurriría cuando el cielo se tiñera de rojo, «el momento de tu muerte, será cuando el cielo esté rojo», fueron las palabras exactas. Sin embargo, pese a que la coloración rojiza del cielo era del todo inusual, Jhuno sabía que había muchos atardeceres, en los que la luz del sol al perderse por occidente hacía que el cielo se tiñera de ese color. Jhuno miraba fijamente el cielo, con los últimos rayos del sol, instantes antes de desaparecer, seguía del mismo color. No estaba seguro si ese color en el cielo era el aviso de Lilan Wakan, estuvo dudando. El sitio donde debía esperar era donde estaba, el cielo estaba rojo, así que el albino, enfermo, cansado deseoso de morir, quiso dar por buena esas dos coincidencias ¡pronto se reuniría con su amada!
Pero el sol se ocultó del todo, la claridad daba paso a la oscuridad de la noche, pero el cielo seguía rojo, especialmente tras una loma. Allí, el color rojo era más intenso. Jhuno pensaba que no era posible, que siendo de noche, el cielo estuviera rojo y aquello no era una aurora boreal, como las que había visto en el norte. ¡Por fin el cielo estaba rojo! Era inequívoco, estaba a punto de alcanzar su destino. Ahora, solamente faltaba una última cosa, ver a los jinetes de la muerte.
Jhuno no supo discernir el motivo por el cual el cielo estaba rojo, pensaba que era un designio de algún dios caprichoso, pero en realidad eran las grandes hogueras del ejercito mongol de la Horda de Oro, que estaban acampados tras aquella loma. Jhuno nunca había visto un ejército tan numeroso, por lo tanto, no podía imaginar que las fogatas de un campamento de miles de guerreros mongoles pudieran teñir el cielo de rojo, aunque en realidad no fuera más que el resplandor de las llamas en la oscuridad de la noche.
En las primeras horas de luz de la mañana siguiente, Jhuno pudo observar, lo que era la avanzadilla de aquel poderoso ejército, unos cientos de jinetes que iban abriendo paso al grueso de las fuerzas ¡los jinetes de la muerte! Eso fue lo que le vino a Jhuno a la cabeza nada más verlos. Era muy sencillo saber por qué. Estaba en el sitio donde Talutah le había dicho, la noche anterior el cielo se había teñido de rojo, aquellos no eran otros que los jinetes de la muerte, Jhuno lo tenía claro. Sus días llegaban a su fin.